lunes, 22 de febrero de 2016

"Mi primer marrano ¡Y qué marrano....!!"

…. Por fin se cumplió, el dueño y señor del monte vencido por, quizá, un rival indigno dada su real condición.

Pero esta historia empieza antes, mucho antes, unas cuantas temporadas atrás.  Muchas monterías, ganchos, ladras y lances fallidos. Muchas horas y madrugones invertidos. En fin, demasiados fallos achacados a mi nula experiencia en lo que a caza mayor se refiere y, quien sabe si un poco de mala suerte también. Pero este sábado sería diferente, hoy presentí que iba a ser mi día.

Todo empezó con una llamada el día antes para confirmar mi asistencia en el tercer y último gancho que daríamos en nuestro pequeño coto.

Un acotado de caza menuda en el que la mayor, hasta hace unos años era algo anecdótico, pero que, debido a los cambios del uso del monte, los ungulados son cada vez más abundantes.

Aun así, las pocas esperanzas impropias de mi persona y el poder de atracción de las sabanas, sumado al temporal que azotaba estos días el sur de Salamanca, le restaban emoción a la que quizá fuera la última  jornada de esta temporada.

Eran las 9:30 de la mañana de este nublado sábado de Febrero cuando llegue al lugar de reunión y sorteo. Rifle, mochila y abrigo que impidiera que la lluvia amenazante me mojara, esperaban en el coche, rodeado de las recovas que esperaban tranquilas en los furgones, como si con ellas no fuera la cosa.

Saludos, carantoñas y el calor que desprendía la lumbre hacían más amena la espera en esta fría madrugada.

Cuando el presidente llamo a todos los monteros, sentí que ya había llegado la hora. Como es costumbre, en estos ganchos únicamente se busca cubrir gastos y cada participe pusimos sobre la mesa los 25€ que nos costó el puesto. Sinceramente entregue el dinero con cierta resignación, pues ha sido mucho el “malgastado” sin resultado alguno, aunque una actitud optimista de adueño de mí en ese mismo instante. No suelo seguir ningún patrón a la hora de escoger la papeleta que decida el puesto, por lo que elegí la primera que vi. Era el número 2 y el sitio no me disgustaba.

Tras la agrupación de las armadas y el vaivén de los enseres, partimos hacia la mancha.


                                              Panoramica del entorno

Llegados a esta y encarada la pendiente propia del lugar, comenzamos a ascender. Los puestos más altos estaban situados en la cumbre de la sierra y di gracias de que no me hubiera tocado uno de ellos. A estos tenían que llegar una pareja de asturianos a los que tuvimos que esperar varias ocasiones. La cuesta se les atragantaba un poco, parecían tortugas; a que les da un infarto, pensé. Entretanto nos cuentan que días antes cazaron en las medulas y que la próxima cacería a la que asistirían seria en Somiedo, mientras observábamos incrédulos como nos describían las pendientes tan escarpadas que tendrían que vender ¡mucha suerte! les dije entre risas.

Eran las 11 de la mañana cuando llegue a mi postura. Era una pendiente con una gran franja que cubrir e indeciso me moví entre dos posibles puestos naturales elevados. Haciendo caso a uno de los Asturianos, me coloque en el más bajo de ellos, lo cual hizo que dejara una considerable zona sin cubrir e indeciso, pero la suerte esta echada y en esto de la caza, por donde menos te lo esperas.


                                           Foto del Puesto

Apenas había pasado media hora cuando los perros nerviosos empezaron a ladrar eufóricos alterando la tranquilidad del campo que hasta hace escasos minuto era inherente de este.
Una vez totalmente asentado y dispuesto sobre la resbaladiza piedra observo el puesto e intento averiguar cuáles serán los lugares por los que podrían romper los suidos en caso de tener esa suerte. Con el rifle al hombre, me coloco el brazalete fluorescente y trato de situar al compañero que en el puesto contiguo quedó, cuando de repente, al girar la cabeza le veo subir; un contundente jabalí, muy oscuro y no muy grande por lo que parece, que frenó en seco su ascenso en el momento en el que encaré.

No recuerdo cuantos segundos transcurrieron, pero puedo asegurar que fueron muy pocos los que tarde en encarar el rifle y apretar el gatillo. A pesar de que fue un tiro certero y mortal, me vi obligado a disparar por segunda vez sin acierto; fruto de los nervios más que por necesidad, ya que aún tubo suficientes fuerzas para emprender una corta carrera y hacerme creer que se marcharía herido.

Aún sigo pensado que, a pesar de su inmovilidad y escasa distancia a la que apareció, si no hubiera sido por haberle metido por completo en el visor, quizá lo hubiera fallado. Si fueran perdices, otro gallo cantaría.

Pero ¡por fin! Por fin había matado mi primer jabalí. Por fin había acertado después de tantos fracasos. La incredulidad me hizo quedarme inmóvil. No podía creerme que casi sin acabar de soltar los perros yo ya lo había conseguido.

Mi primera reacción fue contarle a un amigo, el cual me había prestado el rifle, lo que había sucedido y, acto seguido, de un salto baje la piedra y fui corriendo a ver el animal.

A escasos 30 metros del puesto, no me podía creer lo que acababa de suceder. Los nervios ni si quiera me dejaron hacer las primeras fotos, que quedaron desenfocadas por el temblor de mis manos.

Había conseguido abatir, por suerte más que por méritos propios, aquel animal que quien sabe la de emboscadas que había conseguido librar. Un precioso jabalí que rondaría los 80-100 kg de peso, de capa muy oscura y unas navajas lo suficientemente grandes como para dar saltos de alegría.

Desde ese momento empezaron las llamadas a los compañeros, los WhatsApp y el asombro que aún sigue presente en mí. Acababa de matar mi primer guarro y ¡menudo guarro!

Han sido muchas las cacerías a las que he asistido, pero ninguna se me hizo tan corta como esta. Finalmente el día también acompaño. Las amenazantes nubes grises dejaron paso a claro-oscuros donde el sol llego a asomarse.

El gancho prosiguió como otro cualquiera. Apenas se escuchaban tiros, los perros ladraban de muy de vez en cuando en la lejanía y el aburrimiento comenzaba a afectarme.

Entretanto el aire traía algún que otro sonido sin más importancia que el crujir de las ramas por las fuertes rachas de viento que hostigaban a los robles.

A lo lejos una ladra. No eran pocos los perros que vi correr detrás de lo que podría ser un jabalí mientras se alejaban de la mancha. Las voces del perrero cesaron el insistente ladrar de los perros y la calma, de nuevo de estableció en el monte.

Un resoplido me puso alerta. Mire hacia atrás y vi aparecer la geta de otro marrano. Era una situación que no me esperaba, un jabalí entrando en la mancha y no al revés. La trayectoria que interprete que seguiría hizo que me moviera del sitio donde debiera haberme quedado, pues el jabalí, dado que no se había percatado de mi presencia, decidió proseguir el camino que tranquilo recorría y yo, debido a una acción fruto de la total inexperiencia, no tuve más remedio que retroceder sobre mis pasos, pues el cochino salto la pared y vino directo hacia mí, hasta el punto de toparse conmigo a escasos 3 metros. Fue entonces cuando entre las escobas me barrunto y más rápido de lo que yo fui capaz de reaccionar, emprendió la huida llevándose 3 disparos fallidos que me dejaron con un sabor agridulce, pues de no haber pecado de novato, quien sabe.

Poco quedaba ya para dar fin a este esplendido día.

Las gorras naranjas de los compañeros descendían por la cuerda de la sierra, con lo que empecé a recoger.
¡Mejo que al Rey! ¡El más grande que yo he visto en este coto! ¡Enhorabuena!

Expresiones y felicitaciones de los compañeros que si bien, ya lo estaba, consiguieron enorgullecerme aún más.

2 fueron los jabalís abatidos ese día, pero el resultado para mí era indiferente. Este día pasó a ser el más importarte de mí corta trayectoria montera.
En la comida, los halagos se transformaron en burlas y risas mientras les constaba como tuve que retroceder por miedo a lo que pudiera haber hecho el segundo jabalí.
Pero eso era algo que ya no me importaba, nadie me arrebataría mi momento jamás. Por fin se cumplió, el dueño y señor del monte vencido por un digno rival, dada su real condición.



 Por: Jose. L Garcia
        @JoseLG_20

El Mani y Raul Blazquez

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